Dana Glover. Julio de 2003
Gospel del XXI
Hacer soul y gospel en los días que corren es, casi, limitarse en estilo. Si además eres blanca, pareces tener poco futuro. Dana Glover deshace todos esos prejuicios con “Testimony”, su álbum de debut. “Quiero que mi música muestre que soy del sur, aunque me crié entre los sonidos del gospel y el soul de la vieja escuela”.
Dana creció en una ciudad enana en la que la iglesia era, lógicamente (estamos hablando de los EE.UU.), el punto de referencia. “Era justo como lo que la gente suele pensar del baptismo sureño, pero la verdad es que tenía más vida que eso”, comenta la chica, quien admite su contaminación musical dentro de ese ambiente. Siendo todavía una cría tomó clases de piano que no aprovechó mucho y, finalmente, se decantó por el saxofón. “Mi mundo era pequeño, pero no estaba desconectada. Teníamos televisión y en la radio buscaba el tipo de música que hacían Whitney Houston, George Michael o Aretha Franklin. Recuerdo la primera vez que escuché a Mariah Carey: su voz me afectó, en parte, porque ella solía tomar cosa de cantantes gospel y del soul en general”.
Sus referentes crecieron con bandas como The Imperials o The Winans. “También escuchaba al coro de la iglesia vecina y, cuando cantaban, lo bordaban todo. Solía pensar: 'Esa es la verdad'“. Cuando se mudó con su familia a Carolina del Norte comenzó a formar su identidad musical y empezó a participar en concursos para jóvenes. “Sabía que estaba conectando con el público y ese momento me marcó”. El proceso fue creciendo posteriormente aun cuando en su camino se cruzó la posibilidad de ser modelo dada su alta estatura. “Empecé a pensarlo y fue una prioridad cuando empecé a trabajar, pero seguía sabiendo que la música era mi camino. Daba igual lo que hiciese: siempre sentía que, ante todo, era música”.
Gracias a ello Dana pudo ir a Nueva York y ver al coro del Brooklyn Tabernacle. Posteriormente se mudó a Nashville y volvió a tocar el piano comenzando a escribir música. Finalmente, la familia Glover volvió a cambiar de residencia y terminó en Los Angeles, localidad en la que la vocalista conoció a Alan Mintz. El fue quien la puso en contacto con los ejecutivos de Dreamworks y, en concreto, con Robbie Robertson, quien le ofreció su primer contrato de grabación. “Conocía sus canciones con el grupo The Band, pero no lo ubicaba. Ayudó que no me diese cuenta porque acabé conociéndole por mi cuenta sin sentirme intimidada. Y porque él también es un artista. Sabía exactamente lo importante que era para mí tener voz propia”.
Mientras se preparaba su primer álbum, un par de canciones de Dana fueron incluidas en sendas bandas sonoras (“The wedding planner” y “Shrek”) y el material compuesto fue colocado bajo la supervisión de Matthew Wilder, un experto en tratar con vocalistas femeninas y que ha había colaborado previamente con No Doubt, Christina Aguilera y Natalie Imbruglia. “El proceso con Matthew y Csaba Petocz, el ingeniero, fue muy especial porque arroparon mi estilo y se convirtieron en mi familia”, recuerda Dana, quien ofrece en “Testimony” una exhibición de estilo perfectamente captada por el productor. “Me lo pasé muy bien grabando las partes de voz, especialmente las voces de fondo. Me encantó cantar conmigo misma y hacer esas harmonías. Solían encerrarme en el estudio pequeño y dejarme hacer de las mías”.
El disco es una delicia, con canciones preciosistas que exigen de la cantante algo más que mera interpretación. “'Testimony' sale del corazón de veras y quería segurarme que acabase siendo así, como los discos que adoraba cuando era joven. Quería que la gente viese quién soy, la fuerza de las canciones pero también la vulnerabilidad. Todo lo que quería era llegar a las cosas que eran ciertas y verdaderas y creo que lo he conseguido”.